El refugio de los platos hondos

Hay algo profundamente reconfortante en la liturgia de sentarse a disfrutar de un buen menú del día. No me refiero a esos menús de trámite que uno engulle a toda prisa entre reuniones o mirando el reloj, sino a aquellos que se saborean con calma, con la mesa rodeada de la gente que más importa. Este fin de semana, decidimos hacer un alto en el ritmo frenético y nos fuimos a comer el menú del día San Marcos. Necesitábamos uno de esos almuerzos que saben a tradición, a fuego lento y a familia.

Llegamos con el apetito afilado. Mi prometida y yo veníamos comentando en el coche lo mucho que valoramos esa cocina honesta, sin pretensiones, la de «toda la vida» que tanto nos gusta. Nuestro hijo, con la energía desbordante de siempre y luciendo con orgullo sus colores celestes, ya venía preguntando desde el asiento de atrás qué habría de postre. Al entrar al local, el bullicio del comedor nos envolvió como un abrazo conocido. Ese ruido inconfundible de platos apilándose, el tintineo de las copas de cristal grueso y la voz cantarina de los camareros recitando los primeros y los segundos de carrerilla, sin dudar un segundo.

Nos acomodamos en nuestra mesa y, casi como por arte de magia, aterrizó la cesta de pan artesano. Ese pan de miga densa y corteza que cruje de verdad, del que es imposible dejar de picar mientras esperas. Escuchar las opciones del menú fue como reencontrarse con viejos amigos. De primero, nos decantamos por un caldo de los que levantan el ánimo solo con el aroma; denso, humeante y reconfortante, perfecto para asentar el estómago. Es exactamente en estos platos de cuchara donde uno reconoce la verdadera mano y el cariño de la cocina.

Para los segundos, la materia prima de nuestra tierra manda. Yo no me pude resistir a una buena carne asada, de esas que se deshacen al tocarlas con el tenedor, acompañada de unas patatas impregnadas en esa salsa oscura y brillante que te obliga a rebañar el plato. Mi prometida optó por un pescado que, con un simple y certero toque de ajada, recordaba por qué nuestra gastronomía es un auténtico tesoro.

Mientras dábamos cuenta de los platos, la conversación fluía sola, sin el ruido mental de la semana. Hablamos de los preparativos que tenemos por delante, del próximo partido en Balaídos, de las ganas de que el buen tiempo se instale del todo y de nuestras futuras escapadas a las Rías Baixas.

El ritmo pausado del restaurante invitaba a alargar la sobremesa. Cuando por fin llegaron los postres —flan casero y tarta de queso, clásicos innegociables— y los cafés, me detuve un instante a observar la escena. Mi hijo apurando la última cucharada, mi prometida sonriendo al otro lado de la mesa, y el ambiente cálido de un salón lleno de familias haciendo exactamente lo mismo que nosotros. Un menú del día en San Marcos no es solo una comida; es una excusa perfecta para parar el reloj y recordarnos que el mejor lugar del mundo siempre es allí donde estamos juntos.