Sanxenxo en verano es un hervidero de energía, un desfile constante de gente en el Paseo de Silgar y el eco de las terrazas que nunca descansan. Pero hay mañanas en las que el cuerpo me pide otra cosa: el silencio del mar y la autenticidad de lo salvaje. Es entonces cuando decido que la mejor forma de escapar es poner rumbo a las islas ons desde sanxenxo, las hermanas discretas y fascinantes de las Cíes, y hacerlo desde el Puerto Deportivo de Sanxenxo es, para mí, el inicio perfecto del ritual.
El proceso comienza unos días antes, frente al ordenador, solicitando el permiso de la Xunta. Ya me he acostumbrado a ese código QR que descargo en el móvil, sintiéndolo como un salvoconducto hacia la paz. El día del viaje, llegar al puerto de Sanxenxo es emocionante. El olor a salitre se mezcla con el de los cruasanes recién hechos de las cafeterías cercanas. Me acerco a la caseta de la naviera, recojo mi billete y espero a que el catamarán atraque.
Subir al barco es el momento en que realmente desconecto. Siempre intento buscar un sitio en la cubierta superior. A medida que el motor ruge y soltamos amarras, Sanxenxo empieza a hacerse pequeño, una postal de edificios blancos y sombrillas de colores. La travesía dura unos 40 minutos, un tiempo que se me pasa volando mientras observo las bateas de la ría, esos rectángulos de madera donde crecen los mejores mejillones del mundo, y siento el viento fresco golpeándome la cara, despejando cualquier rastro de estrés urbano.
Navegar por la Ría de Pontevedra hacia mar abierto tiene algo de hipnótico. A mano derecha dejamos la costa de Portonovo y la silueta de Montalvo; a la izquierda, la península de Morrazo. De repente, la silueta de Ons se vuelve nítida. A diferencia de las Cíes, Ons tiene un perfil más suave, más humano, con sus casitas de marineros salpicando el paisaje.
Al desembarcar en el muelle, el contraste es absoluto. He pasado del bullicio turístico de Sanxenxo a un paraíso donde no hay coches y el tiempo parece haberse detenido en los años setenta. Lo primero que hago es caminar hacia el pequeño núcleo de casas para oler el aroma del pulpo a feira que ya empieza a prepararse. Ir desde Sanxenxo a Ons no es solo un trayecto en barco; es un viaje de ida hacia la naturaleza más pura, un respiro necesario donde el único ruido que me acompañará el resto del día será el de mis propios pasos sobre la arena de la playa de Melide.