En el mapa de implantología Lugo, la palabra que más se repite en las clínicas no es “oferta” ni “milagro”, sino “criterio”. Quien piense que un implante es un tornillo estándar que se aprieta y listo quizá se haya perdido la revolución silenciosa que vive la odontología: la de los tratamientos que miran al paciente antes que al hueso. Y no, no es una frase bonita para un folleto. Es la diferencia entre un resultado que dura décadas y una chapuza que da titulares por las razones equivocadas.
En una mañana de consultas, la doctora Laura Pérez me enseña en la pantalla una tomografía volumétrica de un maxilar superior. Las imágenes no perdonan ni a la timidez del último milímetro de hueso. La planificación 3D revela un pasillo estrecho, un seno maxilar que dice “aquí mando yo” y una densidad ósea que obliga a pensar más despacio. “Aquí no vale el café para todos”, bromea. Y añade, con una sonrisa de quien ha visto demasiado, que el implante ideal no es el más caro, ni el más rápido, sino el que se integra con la vida del paciente: su biología, sus hábitos, sus miedos y su agenda.
El término integración, en este contexto, no es metafórico. Hablamos de titanio o zirconia y de cómo el hueso decide aceptarlos como a un vecino discreto después de una mudanza bien gestionada. Para llegar a ese buen vecindario, la clave está en la estabilidad primaria, esa medida que en quirófano se expresa en torques y en índices que a los profanos nos suenan a física. Si la cifra acompaña, puede contemplarse una carga inmediata; si no, la paciencia será la inversión más rentable. En ambos casos, el análisis previo de oclusión, la calidad gingival y los hábitos del paciente son el timón. El bruxista no mastica, pelea; y el fumador, por crudo que suene, le complica la vida a su propio tejido.
Hay pacientes para quienes la geografía ósea no pone alfombra roja. Falta de altura posterior, crestas reabsorbidas con la elocuencia de los años, secuelas de periodontitis que dejaron más recuerdos que hueso. La respuesta no es resignación, sino ingeniería biológica: injertos, regeneración guiada, elevación de seno con prudencia quirúrgica y protocolos que permiten crear escenario donde no lo había. Me cuenta el doctor Álvaro Cano que la decisión de injertar o apostar por implantes cortos no es una moda, sino una ecuación donde entran la anatomía, la expectativa del paciente y, sí, también su tolerancia a tiempos y cuidados. El humor también cabe en la bata: “ningún seno maxilar ha firmado un consentimiento para que lo ignoremos”, dice mientras señala la ventana ósea por la que se accede con la delicadeza de quien abre un libro antiguo.
La crónica clínica se vuelve aún más interesante cuando aparecen condiciones sistémicas en escena. La diabetes bien controlada no es un veto, es una advertencia para calibrar riesgos; la hipertensión pide coordinación con el médico de familia; los tratamientos con bifosfonatos merecen reuniones y no impulsos; y los anticoagulantes no son enemigos, sino guionistas que marcan el tempo del quirófano. En este periodismo de bata, cada fármaco cuenta y cada hábito pide su párrafo. A veces, la mejor decisión es esperar. Otras, reduce el número de intervenciones y elige una sedación consciente que convierte una mañana temida en un trámite que el paciente recuerda como una conversación con final feliz, sin dramatismos ni épicas.
Hay algo profundamente contemporáneo en la manera en que las clínicas más serias enmarcan estas decisiones: tecnología y criterio, pero también pedagogía. El escáner intraoral evita mordidas de silicona que siempre fueron una metáfora pegajosa del siglo XX, las guías quirúrgicas impresas caben en la palma de la mano y se comportan como un GPS para manos expertas, y los softwares de simulación permiten enseñarle a un paciente dónde irá su nueva raíz antes de tocar un bisturí. Sin embargo, me repiten una idea que debería imprimirse en la sala de espera: la herramienta no sustituye el juicio; solo lo amplifica. La tentación del “clic” fácil es mala consejera en medicina.
En la otra cara del sillón, las historias se cuentan con dientes. Manuel, 57 años, bruxista confeso y amante de las pipas, se resistía a cualquier tratamiento porque “el dolor y yo no nos llevamos”. Descubrió que la anestesia actual no tiene vocación de heroísmo y que la férula nocturna no es un castigo, sino la guardaespaldas de su inversión. Siguió al pie de la letra la higiene, se presentó a los mantenimientos como a un notario y hoy disfruta de una mordida que no le roba la siesta. Su caso se apartó de protocolos rápidos, renunció a la inmediatez y apostó por seguridad. A veces, la mejor publicidad de una clínica es un paciente que vuelve solo para enseñar una sonrisa que no se cae del encuadre.
Para quienes piensan que todo esto es una carrera por la estética, conviene recordar que masticar es política básica del bienestar. Recuperar función transforma la digestión, la postura, el ánimo. Si encima la corona respeta proporciones y encías, el espejo deja de ser un adversario. Esto no va de selfies, aunque los haya; va de autoestima y de proteína. Y sí, la financiación existe y el calendario puede bailar, pero ninguna facilidad debería camuflar la conversación esencial: qué se puede hacer, qué conviene, qué conviene evitar.
Circula por las redes el mito de que el cuerpo “rechaza” los implantes como quien devuelve un paquete. La realidad es más prosaica y más técnica: cuando las superficies del implante, la higiene y los controles se alinean, la periimplantitis deja de ser una amenaza inminente para convertirse en un riesgo controlable. El cepillado meticuloso, los irrigadores bien usados, las revisiones pautadas y el uso de prótesis atornilladas que facilitan el mantenimiento son la clase de decisiones aburridas que sostienen los resultados brillantes. Las clínicas que priorizan la revisión anual, los ajustes oclusales y las férulas para los noctámbulos dentales saben que la postcirugía empieza el día del alta y no termina en Instagram.
En conversación con una higienista veterana, escucho una observación que resume la filosofía que late tras cada caso: “nos pagan por los dientes nuevos, pero nos recomiendan por cómo cuidamos los que ya tienen”. Ese desplazamiento del foco, que parece mínimo, lo cambia todo. Obliga a estudiar encías, a tratar la periodontitis antes del implante, a enseñar técnica de cepillado sin pereza, a detectar hábitos dietéticos que sabotean la cicatrización. Y recuerda que no hay técnica que sobreviva a la desidia.
Si algo comparten los pacientes satisfechos es la sensación de haber participado en decisiones informadas. Nadie quiere salir de una consulta con el sabor a eslogan; se agradece la franqueza sobre tiempos, molestias esperables y alternativas reales, con humor suficiente como para entender que un implante no se monta como un mueble de Ikea ni se presume como un reloj. Quien busca en esta ciudad un cambio de rumbo en su salud oral no necesita promesas infladas, sino un diagnóstico con nombre y apellidos, un plan que respete su realidad y un equipo que no confunda prisa con precisión. Ahí, en esa ecuación que parece tan simple y exige tanta disciplina, es donde la odontología hace periodismo del bueno: contrasta, verifica, explica y, sobre todo, mejora la vida de la gente.