El Camino a contracorriente

El plan original sobre el papel parecía impecable: aterrizar a primera hora de la tarde en Lavacolla, enlazar con el autobús a la estación intermodal de Santiago y tomar desde allí la combinación de tren o autocar hacia Sarria para empezar a caminar a la mañana siguiente los últimos cien kilómetros del Camino Francés. Sin embargo, los imprevistos en los viajes nunca piden permiso. Un retraso encadenado en la pista de despegue y la pérdida de una maleta en la cinta de recogida hicieron añicos mi horario. Cuando por fin salí a la dársena compostelana, la taquilla ya había cerrado y el último transporte regular hacia tierras lucenses acababa de marcharse.

Quedarme una noche varado en Santiago significaba descuadrar las reservas de albergues, perder al grupo con el que había quedado citado en Sarria y recortar un tiempo que no me sobraba. Tras cinco minutos de indecisión bajo el orballo que empezaba a humedecer la acera, tomé aire y me acerqué a la parada de taxis de la estación. Preguntarle al conductor si estaba dispuesto a cruzar el interior de Galicia hasta Sarria a esas horas de la tarde sonaba a propuesta extravagante, pero el taxista me miró por el retrovisor, asintió con una calma profesional y destrabó el maletero para acomodar mi mochila de senderismo.

Hacer en taxi de Santiago a Sarria, un trayecto que miles de peregrinos recorren a pie durante días en sentido contrario tiene una extraña carga poética. Mientras el vehículo dejaba atrás las rotondas de la capital gallega para enfilar la A-54 hacia Melide y Palas de Rei, sentí cómo la prisa acumulada en la terminal se disolvía al compás suave de los limpiaparabrisas. A través de la ventanilla, el paisaje gallego desfilaba a noventa kilómetros por hora: prados infinitos de un verde esmeralda, pequeñas aldeas de tejados de pizarra, cuadras ganaderas y retazos de robledales donde la bruma de la tarde comenzaba a reposar sobre los helechos.

El viaje terminó convirtiéndose en una conversación templada y enriquecedora. Mi conductor, curtido en hacer traslados imprevistos para viajeros en apuros de medio mundo, conocía cada curva, cada desvío y cada detalle de la comarca. Me fue narrando anécdotas de peregrinos rezagados, me advirtió de los tramos más resbaladizos entre Portomarín y Palas si seguía lloviendo, y me recomendó un par de tabernas familiares en Sarria para cenar caliente antes de meterme en el saco de dormir. La cercanía y el trato respetuoso convirtieron lo que prometía ser un contratiempo costoso en una antesala inmejorable para la ruta.

Al descender por fin hacia el valle del río Sarria y entrar en la villa iluminada por farolas amarillas, el taxista me dejó justo a los pies de la Rúa Maior, junto a la escalinata que marca el inicio de la marcha. Pagar la carrera dolió en el bolsillo, pero el alivio de haber salvado el viaje intacto compensó cada euro. Despedir al taxi mientras daba la vuelta para regresar a Compostela me dejó plantado frente a mi verdadero punto de partida: con la mochila lista, el reloj reiniciado y la certeza de que, a veces, los mejores caminos empiezan resolviendo un desvío inesperado.